Siempre hay luz a lo largo del camino...
jueves, 9 de mayo de 2013
martes, 7 de mayo de 2013
viernes, 3 de mayo de 2013
REFLEJOS
Orellana nos ofrece un sin fin de lugares donde podremos captar las imágenes más sorprendentes; sólo es cuestión de mantener el ojo avispado y la cámara cargada...
domingo, 3 de julio de 2011
Jim Morrison
Pensador y poeta de un tiempo atípico para ello, deborador de libros, compositor e interprete, bocalista del mítico grupo The doors;
Jim Morrison, fan y admirador de Elvis, con 27 años, cuando ya estaba de vuelta de toda su corta pero intensa vida, tal día como hoy, 3 de julio de 1971, es encontrado muerto en la bañera de un hotel victima de un para cardiaco; Con posterioridad se declaró su muerte en extrañas circustancias.
Hoy se cumplen 40 años.
En el siguiente enlace de youtube, encontré un tema, con el que quiero recordarle y con el que se constata que, posiblemente, fuera el precursor del que se diera en llamar, posteriormente, rock andalud.
Que lo disfrutéis.
Jim Morrison, fan y admirador de Elvis, con 27 años, cuando ya estaba de vuelta de toda su corta pero intensa vida, tal día como hoy, 3 de julio de 1971, es encontrado muerto en la bañera de un hotel victima de un para cardiaco; Con posterioridad se declaró su muerte en extrañas circustancias.
Hoy se cumplen 40 años.
En el siguiente enlace de youtube, encontré un tema, con el que quiero recordarle y con el que se constata que, posiblemente, fuera el precursor del que se diera en llamar, posteriormente, rock andalud.
Que lo disfrutéis.
jueves, 11 de marzo de 2010
EL TÍO VITO Y LOS MASTINES III
-...Iba, yo -comenzó-, camino de Guadalupe, cargado de sal para la venta, cuando la noche me sorprendió y tuve que detenerme para descansar, casualmente, en esta misma posada.
Cuando fui a sentarme a la orilla de la chimenea, vi que allí había un hombre que me llamó la atención... –las manos del que tejía se movían con más lentitud, el Tío Vito permanecía atento al movimiento de los labios del contador de anécdotas, tal vez, disponiendo lo necesario ante el riesgo de que fallara la relación entre la emisión de la voz y la correcta percepción del sonido, pues no quería perderse ni un detalle y el posadero atizaba la lumbre-,... no sé si era grande o pequeño, rico o pobre, si estaba sano o enfermo, tan solo sé que su silueta encogida sobre una silla pequeña, con las piernas abrazadas, me intrigó. Y, a medida que me acercaba a él, pude observar como su barbilla, apoyada en las rodillas, mostraba su cara iluminada por el parpadeante reflejo de las llamas –y dicho esto el silencio se hizo durante unos segundos, sabía muy bien, el afamado contador, como darle énfasis a sus palabras-.
-... Era una cara triste –continuaba Dagoberto-, de mirada perdida, una cara descuidada, sin afeitar quiero decir, que disimulaba su natural palidez, acrecentada por las circunstancias...
- ¡Vamos!, ¡que tenía maz’hambre cun mica! –dijo alguien con la boca llena-.
- ... Cuando me senté a su lado –siguió su relato- y saque la talega del zurrón dispuesto a hacer algo por la vida, ya que la vida hace poco por nosotros –apuntó-, respondió a mi saludo con voz ronca, dejando escapar sonidos procedentes del estómago.
En este punto del relato, Dagoberto Ribero ya había conseguido paralizar la confección de serones, hipnotizar al Tío Vito, que el posadero asintiera, de reojos, mientras se llevaba a la boca los trozos de carne asada que, sobre el pan, cortaba con la navaja y que tú, lector de este relato, por no sé que tipo de procedimiento sensorial, te vallas haciendo un hueco alrededor de esa chimenea.
- ...El hombre respondió a mi invitación –seguía contando Dagoberto-, y ambos disfrutamos de una suculenta cena consistente en unos torreznos, fritos la noche anterior, queso de ovejas de La Serena y unos gajos de uva de unas viñas que había visto por el camino. Y comimos tanto que, prácticamente, las palabras que se cruzaron en el saludo fueron las únicas.
- ¿Y quién era ese extraño hombre? –quiso saber el Tío Vito-.
- Cuando me levanté, al despertar el día –contestó Dagoberto-, ya se había marchado.
- Tal vez fue un sueño –dijo el de Campanario mientras recogía los avíos-.
- Tal vez... –confirmó el Tío Vito mientras abría la fiambrera-.
Y una bocanada de aire balanceó la llama, llenando la estancia de humo y de suspense.

- Varios días después –continuaba Dagoberto con su historia-, yo estaba en el mercado de Guadalupe vendiendo..., ya sabéis, sal. Observé como un alguacil se acercaba a mí -los tres oyentes, compañeros en la chimenea, cruzaron las miradas con un gesto de complicidad-, recuerdo que salté, desde dos metros de distancia, con la intención de sentarme en uno de los sacos de mi puesto; pero con tan poca agilidad que me enganché los cordones de la bota, caí sobre el saco dejando al descubierto su contenido, que no era sal, sino tabaco picado, de estraperlo –decía Dagoberto con resignación-, mientras los alguaciles se apresuraban a detenerme.
- ¡Valla, valla! –exclamó el posadero-.
- Me llevaron al Ayuntamiento con la intención de ponerme ante la autoridad competente -seguía contando- y me dejaron en una sala donde la decoración no tenía ningún estilo concreto, sino que se mezclaba fruto del acopio mobiliario que, con el paso del tiempo, se iba acumulando. Durante treinta minutos estuve esperando, solo en la habitación, imaginándome cuál sería el castigo que me impondrían –la historia cada vez resultaba más incierta-.
- ¡Haer!, esto sí que es una película –dijo uno-.
- ¡Ni la mejor de Jorge Negrete! – comentó otro, cerrando la fiambrera-.
- Allí, la saturación mobiliaria era proporcional a la saturación funcional –contaba Dagoberto-, en sus paredes había cuatro puertas de acceso, o paso, a sendas estancias. Una de ellas se abrió justo en frente de mí e hizo acto de presencia un señor que, al verme, se acercó para abrazarme. Era el hombre extraño.
Alrededor de la chimenea, que ya no alumbraba como al principio, se intuía que el final de la historia estaba próximo.
- Le conté lo que me había llevado hasta el Ayuntamiento y por lo que estaba esperando –continuó-; pero al poco rato los dos reíamos sin parar. El hombre extraño, agradecido por mi actitud hacia él, días antes, me perdonó. El hombre extraño era el Alcalde de Guadalupe.
Un murmullo de satisfacción surgió de los labios de los que escuchaban. Y no sé porqué tipo de procedimiento sensorial.
-... Era una cara triste –continuaba Dagoberto-, de mirada perdida, una cara descuidada, sin afeitar quiero decir, que disimulaba su natural palidez, acrecentada por las circunstancias...
- ¡Vamos!, ¡que tenía maz’hambre cun mica! –dijo alguien con la boca llena-.
- ... Cuando me senté a su lado –siguió su relato- y saque la talega del zurrón dispuesto a hacer algo por la vida, ya que la vida hace poco por nosotros –apuntó-, respondió a mi saludo con voz ronca, dejando escapar sonidos procedentes del estómago.
En este punto del relato, Dagoberto Ribero ya había conseguido paralizar la confección de serones, hipnotizar al Tío Vito, que el posadero asintiera, de reojos, mientras se llevaba a la boca los trozos de carne asada que, sobre el pan, cortaba con la navaja y que tú, lector de este relato, por no sé que tipo de procedimiento sensorial, te vallas haciendo un hueco alrededor de esa chimenea.
- ...El hombre respondió a mi invitación –seguía contando Dagoberto-, y ambos disfrutamos de una suculenta cena consistente en unos torreznos, fritos la noche anterior, queso de ovejas de La Serena y unos gajos de uva de unas viñas que había visto por el camino. Y comimos tanto que, prácticamente, las palabras que se cruzaron en el saludo fueron las únicas.
- ¿Y quién era ese extraño hombre? –quiso saber el Tío Vito-.
- Cuando me levanté, al despertar el día –contestó Dagoberto-, ya se había marchado.
- Tal vez fue un sueño –dijo el de Campanario mientras recogía los avíos-.
- Tal vez... –confirmó el Tío Vito mientras abría la fiambrera-.
Y una bocanada de aire balanceó la llama, llenando la estancia de humo y de suspense.
- Varios días después –continuaba Dagoberto con su historia-, yo estaba en el mercado de Guadalupe vendiendo..., ya sabéis, sal. Observé como un alguacil se acercaba a mí -los tres oyentes, compañeros en la chimenea, cruzaron las miradas con un gesto de complicidad-, recuerdo que salté, desde dos metros de distancia, con la intención de sentarme en uno de los sacos de mi puesto; pero con tan poca agilidad que me enganché los cordones de la bota, caí sobre el saco dejando al descubierto su contenido, que no era sal, sino tabaco picado, de estraperlo –decía Dagoberto con resignación-, mientras los alguaciles se apresuraban a detenerme.
- ¡Valla, valla! –exclamó el posadero-.
- Me llevaron al Ayuntamiento con la intención de ponerme ante la autoridad competente -seguía contando- y me dejaron en una sala donde la decoración no tenía ningún estilo concreto, sino que se mezclaba fruto del acopio mobiliario que, con el paso del tiempo, se iba acumulando. Durante treinta minutos estuve esperando, solo en la habitación, imaginándome cuál sería el castigo que me impondrían –la historia cada vez resultaba más incierta-.
- ¡Haer!, esto sí que es una película –dijo uno-.
- ¡Ni la mejor de Jorge Negrete! – comentó otro, cerrando la fiambrera-.
- Allí, la saturación mobiliaria era proporcional a la saturación funcional –contaba Dagoberto-, en sus paredes había cuatro puertas de acceso, o paso, a sendas estancias. Una de ellas se abrió justo en frente de mí e hizo acto de presencia un señor que, al verme, se acercó para abrazarme. Era el hombre extraño.
Alrededor de la chimenea, que ya no alumbraba como al principio, se intuía que el final de la historia estaba próximo.
- Le conté lo que me había llevado hasta el Ayuntamiento y por lo que estaba esperando –continuó-; pero al poco rato los dos reíamos sin parar. El hombre extraño, agradecido por mi actitud hacia él, días antes, me perdonó. El hombre extraño era el Alcalde de Guadalupe.
Un murmullo de satisfacción surgió de los labios de los que escuchaban. Y no sé porqué tipo de procedimiento sensorial.
lunes, 14 de diciembre de 2009
"El Tío Vito y los mastines II"
...Sentado en un sillón minbre, al lado del posadero que asa un trozo de carne, a la izquierda de un señor de Campanario que, pacientemente, teje uno de los serones que debe vender al día siguiente y en frente de Dagoberto Ribero, personaje extremeño, entrado en años, nacido en una localidad próxima a la ribera del río Sújar donde veneran a Santa María, vendedor de sal y de lo que se tercie, que contaba una de sus andanzas, estaba el Tío Vito, representando a uno de aquellos personajes que, cubiertos por la tenue luminosidad de un candil y arropados por la confortable melancolía de la lumbre, escuchaban:
-...La última vez que pasé por aquí -relataba Dagoberto Ribero- la chimenea no estaba tan concurrida.
- Peores tiempos hemos pasado -contestó el posadero muy relajado-.
- Por cierto... -continuó Dagoberto- ...recuerdo un caso que me ocurrió a raíz de esa última vez...
- ¡Haer! -exclamó el de Campanario-, ¿Qué te pasó?
- ¡Cuenta, cuenta! -dijo el Tío Vito con atenuada impaciencia-.
- Si no es más que uno de los sucesos curiosos que guardo en mi anecdotario -se hacía rogar Dagoberto-. El posadero, que sabía más por posadero que por viejo,
conocía muy bien al de la sal y averiguó por el entorno y el contexto que, como de costumbre, este deseaba contar su historia. Y siendo conocedor de la debilidad del personaje, amagó con un cambio de conversación, diciendo:
- Esta noche no hace mucho frío, ¡que digamos! -y acto seguido atenazó la presa, se la acercó a los labios y sopló fuerte para limpiarla de cenizas, mientras daba tiempo a la inquieta intervención de Dagoberto, que no se hizo esperar-...
viernes, 13 de noviembre de 2009
"El tío Vito y los mastines"
En las tertulias evocadoras y entretenidas que, aunque involuntarias, siempre presentan un cierto grado de imposición o exigencia moral entre las personas que conviven durante tanto tiempo juntas que ya no tienen de que hablar, surgen, a veces, la narración de acontecimientos pasados que nos envuelven, nos hipnotizan de tal manera que nos retrotraen a ellos; y no sé porqué tipo de procedimiento sensorial, pero por un momento estamos allí.
...El camino, que más allá de un tramo serpenteante cual meandros fluviales, se presumía largo y recto. A pesar de la incertidumbre que propiciaba la natural limitación visual que difuminaba las formas, mezclándolas con las sombras, apagando los colores sobre un fondo oscuro, se estiraba, realzado por el reflejo de la luna, abriéndose paso entre chaparros y encinas. Caía la noche, lenta y silenciosamente, en el campo extremeño. Con la misma sencillez los pájaros se habían callado, tan solo se escuchaba la cadencia de los cascos de las bestias golpeando, a su paso, sobre el terreno firme, tupido por las pisadas y rodadas que se sucedían día a día.
La coordinación entre el bra
ceo de las mulas y el cabeceo del jinete, acompasado por esa repetición regular de sonidos compuesto por la percusión de los cascos y el chasqueo incitante del Tío Vito, como si de un montaje coreográfico se tratase, tan solo se interrumpió cuando, este, alzó su cara para sentir la suave brisa que traía de la sierra el olor de la jara y del romero.
Cuando la serena soledad le invitó a cerrar los ojos para percibir, con más claridad, esta sensación de paz y de sosiego que por un momento anheló eterna, los ladridos, toscos y ásperos, de dos enormes mastines que le increpaban a escasos metros, le sobresaltaron. Sus ojos se tornaron luna llena, su boca emitió un rugido, ¿o fue un lamento?, clavó los tacones de sus botas en la pechera de su mulo, que ya trotaba asustado, y agarró con fuerza la cuerda con la que sujetaba al de carga, mientras vociferaba:
- ¡Arre mulo!, ¡arre!
Los mastines, cansinos pero enérgicos, le escoltaron hasta los linderos de la finca de su amo. Y volvieron lenta y parsimoniosamente, con la cabeza gacha, sin saber a donde, cuando las bestias se perdieron en la oscuridad.

El Tío Vito pensó que eran demasiadas emociones en una noche y decidió detenerse en una de esas posadas que había a lo largo del camino y que aún se mantenía en pié, donde los transeúntes, de uno y otro bando, descasaban al anochecer, celebrando casuales reuniones alrededor de la chimenea...
...El camino, que más allá de un tramo serpenteante cual meandros fluviales, se presumía largo y recto. A pesar de la incertidumbre que propiciaba la natural limitación visual que difuminaba las formas, mezclándolas con las sombras, apagando los colores sobre un fondo oscuro, se estiraba, realzado por el reflejo de la luna, abriéndose paso entre chaparros y encinas. Caía la noche, lenta y silenciosamente, en el campo extremeño. Con la misma sencillez los pájaros se habían callado, tan solo se escuchaba la cadencia de los cascos de las bestias golpeando, a su paso, sobre el terreno firme, tupido por las pisadas y rodadas que se sucedían día a día.
La coordinación entre el bra
ceo de las mulas y el cabeceo del jinete, acompasado por esa repetición regular de sonidos compuesto por la percusión de los cascos y el chasqueo incitante del Tío Vito, como si de un montaje coreográfico se tratase, tan solo se interrumpió cuando, este, alzó su cara para sentir la suave brisa que traía de la sierra el olor de la jara y del romero.Cuando la serena soledad le invitó a cerrar los ojos para percibir, con más claridad, esta sensación de paz y de sosiego que por un momento anheló eterna, los ladridos, toscos y ásperos, de dos enormes mastines que le increpaban a escasos metros, le sobresaltaron. Sus ojos se tornaron luna llena, su boca emitió un rugido, ¿o fue un lamento?, clavó los tacones de sus botas en la pechera de su mulo, que ya trotaba asustado, y agarró con fuerza la cuerda con la que sujetaba al de carga, mientras vociferaba:
- ¡Arre mulo!, ¡arre!
Los mastines, cansinos pero enérgicos, le escoltaron hasta los linderos de la finca de su amo. Y volvieron lenta y parsimoniosamente, con la cabeza gacha, sin saber a donde, cuando las bestias se perdieron en la oscuridad.
El Tío Vito pensó que eran demasiadas emociones en una noche y decidió detenerse en una de esas posadas que había a lo largo del camino y que aún se mantenía en pié, donde los transeúntes, de uno y otro bando, descasaban al anochecer, celebrando casuales reuniones alrededor de la chimenea...
sábado, 11 de abril de 2009
Quedada de foreros.
Se ha consumado la quedada de foreros de la página de pueblos de Éspaña, la página de Orellana la vieja, no hemos estado todos presentes, pero si en las conversaciones, pues han salido todos a relucir. Estos de la foto, conocidos por todos, Jose A. y esposa, A.C.A., Sisuka y Josnauta, junto a Itaua, son los últimos que han salido de "ancá" Mariano, por cierto que nos ha tratado muy bién, tenía preparadas dos mesas una, enorme, con mucha cerbeza y aperitivos diversos y otra con un montón de dulces, muy variados y sabrosos.Hemos realizado un ejercicio social muy bueno, pues se ha puesto cara a muchos mensajes. Todos hemos salido satisfechos y emocionados por conocer a unos y por recordar a otros. Yo, particularmente, he disfrutado charlando con todos pero en especial con "la quinta de Pon", con la que compartí muchos momentos buenos, junto a amigos comunes, hace años.
La proxima, tenemos que ser muchos más.
Suerte y salud para forear.
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